Opinión: El campo comunica mal

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  • Por Carlos Damonte, jefe de Redacción de UNO

Quinteros vendieron frutas y verduras al pie del Obelisco porteño y reunieron a una multitud de consumidores motivados a comprar a verdaderos precios bajos. Entregaban un kilo de naranjas a cambio de 50 centavos, por 1 peso daban un kilo de tomate, vendían a 1,50 el kilo de manzanas y contaban que cobran 2,40 pesos por un litro de leche cruda al pie del tambo. La medida resultó conmovedora y puesta en el contexto de la campaña electoral fue utilizada por cuanto candidato andaba cerca. Lo grave es que el plan llamado a sensibilizar a la sociedad sobre la coyuntura de los productores se agotó en sí misma: duró el tiempo que los quinteros hicieron presencia activa en el microcentro de Buenos Aires.

La realidad, y no es necesario ejercitar relevamiento alguno, es que la inmensa mayoría de los argentinos siguió comprando lo que necesita para la mesa familiar en almacenes y supermercados. La cadena de distribución alternativa funcionó un puñado de horas. No más. “¿Quiénes se quedan con la suma mayor? Hay que publicarlo. Hace más de 50 años el gobernador de Buenos Aires, Oscar Allende, dispuso una investigación con personal ajeno a los controles habituales, sobre el precio del tomate. No recuerdo si eran seis u ocho los intermediarios entre productores y consumidores. Ese trabajo quedó en nada”. La cita pertenece a Guido Llosa, lector que estampó su opinión en las redes sociales. En pocas palabras reveló parte del dilema: la opinión pública desconoce la composición de los precios de lo que consume. Y el problema también es de comunicación además de industrial, económico, financiero, político y hasta de corrupción institucional si se quiere.

Sucede que por lo común la gente del campo no tiene una estrategia para comunicarse con el pueblo. Desde las cooperativas le hablan a sus asociados, desde las entidades profesionales, a sus colegas, y los medios especializados se dirigen a los productores y asesores. No hay una vía clara para generar relaciones con el resto del pueblo.

Todo se resume a gritos desesperados de ayuda como el del Obelisco, encendidos discursos de los dirigentes para dejar en claro que se están fundiendo o protestas a la vera de las rutas. La empatía es nula o casi; no hay participación afectiva con el agro de una persona, digamos, que trabaja en una gomería, carnicería o es empleado en una pilchería. Esa gente consume a diario frutos del campo, suele pagar precios locos para acceder y ni siquiera toma conciencia de ello. ¿Es posible resumir que al consumidor no le interesa conocer qué paga cuando abona por su provista? No lo sé. El interrogante queda abierto. En cambio afirmo que desde el sector agropecuario no han hecho lo suficiente para exponer su realidad; como lo hacen docentes, empleados de comercio, bancarios, políticos, deportistas y toda una gama de actores de la vida que componen, en nuestro caso, la entrerrianía. Los asuntos del campo atraviesan a toda la sociedad, y en especial a la entrerriana, pero la mayoría ni se da por enterada. La pregunta sin respuesta es, en definitiva, ¿de qué hablamos cuando hablamos de campo?

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