El peronismo se une ante el terror a perder en el 2015

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El PJ repartió 140 cargos partidarios para dejar conformes a todos los sectores, en equilibrio entre el viejo peronismo y el kirchnerismo gobernante. Inédita concordia entre las tribus ante la amenaza massista. El rol de Peralta y De la Sota.pj

El miércoles por la tarde, Cristina Fernández de Kirchner salió de su despacho, cruzó los dos patios hacia el sector menos glamoroso de la Casa Rosada y entró a la oficina de Juan Carlos Mazzón sin anunciarse. Casi sin saludarlo, le dijo:

– Chueco, no me pongás tantos viejos carcamanes en la conducción del PJ. Poné a los pibes. Hacé las cosas bien.

– Cristina, quedate tranquila. Todo saldrá perfecto.

Mazzón es el hombre imprescindible cuando se pone en marcha la herramienta de ganar elecciones. Viene manejando los hilos desde hace tanto tiempo, que ya nadie en el peronismo se acuerda cómo eran las cosas cuando él no estaba. Tiene la piel curtida, y nada lo sacará de su eje, ni siquiera una presidenta ansiosa.

Y es la contracara perfecta de Néstor Kirchner. Mazzón tiene una habilidad asombrosa para negociar sin cansarse y dejar a todos contentos. Kirchner también podía estar horas negociando. Su talento consistía en dejar a todos furiosos, mientras él ganaba en toda la cancha.

La fórmula de la felicidad implementada en este caso fue sencilla. No hay ninguna ley que estipule cuántos cargos debe tener cada partido. Es una decisión partidaria. Antes había 75. Ahora, hay 140. Cada uno se llevó su carguito. Hasta hubo lugar para todos los que se creen con derecho a ser candidatos presidenciales. “A cada uno le dimos una vicepresidencia honoraria, y fueron designados por estricto orden alfabético, para que ninguno proteste”, comentó Mazzón.

Lo insólito fue que en el congreso nacional partidario más grande del que se tenga memoria, con casi 700 congresales, no hubo ni un atisbo de trifulca. Ni siquiera se escuchó un silbido cuando se leyeron los 140 nombres de la nueva conducción. “Yo quería evitar el trance de la lectura, tenía miedo de que hubiera reacciones contra uno u otro, pero nadie se quejó de nada. También nosotros nos vamos civilizando”, dijo uno de los apoderados, el experto abogado electoral y diputado nacional Jorge Landau.

El temor era razonable. Hace diez años, en el 2004, un congreso nacional perfectamente arreglado estalló por los aires con las discusiones entre las esposas de Kirchner, Duhalde y De la Sota. Ahora todo estaba pautado con tanto rigor, que la ceremonia de Premios Oscar tiene más sorpresas que las del congreso pejotista. Oradores y locutores estaban guionados en sus discursos, y hasta la Marcha Peronista tenía un tiempo estrictamente estipulado.

La nueva conducción del PJ es un equilibrio perfecto entre el viejo peronismo y el kirchnerismo gobernante. Mazzón es el apoderado de los gobernadores, sindicalistas e intendentes que no le temen a las reelecciones indefinidas, y Carlos Zannini el apoderado de los K.

La presidencia del PJ quedó para un gobernador sin aspiraciones presidenciales, y casi todas las vicepresidencias quedaron en manos de otros mandatarios provinciales, sindicalistas y Jorge Capitanich, el menos K del gobierno nacional. Pero La Cámpora se llevó 30 cargos partidarios, 14 de ellos en la mesa ejecutiva, más una vicepresidencia que quedó para el diputado nacional “Wado” De Pedro y la estratégica secretaría general, donde fue ungido el diputado bonaerense José Ottavis.

Kirchner desconfiaba de la “partidocracia peronista”, que existía antes de que él llegara al poder y buscaría perpetuarse en cualquier coyuntura. Por eso promovió la formación de organizaciones kirchneristas de tipo movimientista, es decir, por fuera del aparato partidario.

“La nueva conducción del PJ es una síntesis entre pragmatismo e ideología”, opinó Ottavis. Y agregó: “Lo importante es que nos pusimos de acuerdo en que, independientemente del candidato que sea electo en las PASO, llevará como proyecto político un programa que termine de hacer realidad lo que Néstor y Cristina vinieron a hacer”.

Que la fuerza que domina la política argentina desde 1946 haya alcanzado estos niveles de racionalidad en un fin de ciclo, es un asunto de trascendencia histórica por varias razones:

– Cristina le permite al PJ un protagonismo que no tuvo en la década kirchnerista. Se podrá alegar que no tiene más remedio. Pero eso es sólo parcialmente cierto. Siempre se pueden quemar las naves. De hecho, hasta ahora, ningún líder peronista facilitó una transición.

– En La Cámpora hubo una discusión interna, y ganó el sector que promovía incorporarse al aparato partidario e intentar transformarlo. Empezarán, dijeron, por la sede partidaria, que pretenden mudar desde la calle Matheu hasta la avenida Corrientes, para captar la atención de jóvenes y clase media. “Queremos algo así como el Centro Cultural de la Cooperación”, fue el comentario.

– El candidato a la presidencia saldrá de elecciones primarias. O sea, no habrá dedazo ni acuerdo de cúpulas. Hay un compromiso de que ninguno de los aspirantes tendrá una ayuda extra de parte del gobierno nacional y de que todo respaldo será “en su medida y armoniosamente”. Desde la interna Menem/Cafiero que no existen condiciones de semejante transparencia.

Es verdad que la fórmula de la felicidad no alcanzó para todos. Eduardo Menem, Juan Carlos Romero, los hermanos Rodríguez Saá, dirigentes que hubiera querido sumar Mazzón, no fueron aceptados por el kirchnerismo.

En cambio, el santacruceño Daniel Peralta jamás contestó los llamados que reiteradamente le hicieron Mazzón y Capitanich. Este faltazo preocupa largamente a los kirchneristas, que ven una victoria segura del radical Eduardo Costa si no logran acordar con el actual gobernador.

La situación de José Manuel De la Sota es curiosa. Había acordado que la Nación empezaría a pagar la deuda con la provincia de Córdoba, pero el compromiso no fue cumplido. Parece que la decisión del kirchnerismo es ningunearlo, aun al costo de tirarlo a los brazos del Frente Renovador, donde podría competir como candidato a presidente en las PASO.

Como sea, la concordia que dominó el encuentro de las variadas tribus peronistas que se reunieron el viernes en Parque Norte es inédita. Los une el terror a perder en el 2015, a salir del poder al que están acostumbrados. Los une el hombre que sacó los pies del plato y amenaza con dejarlos fuera del juego.

Porque para Sergio Massa tampoco hay fórmula de la felicidad, sino una promesa: “Lo vamos a destruir”.

Fuente: Infobae

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