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-Por Osvaldo A. Bodean

osvaldo bodean

Rompen vidrieras y rejas con total desparpajo y se llevan lo primero que encuentran, con desenfreno, con un vértigo descontrolado.

Lo hacen en la noche del domingo, pero también en pleno mediodía del lunes, a cara descubierta.

Corren arrastrando el botín, o emplean carros tirados por caballos, o se suben a la moto procurando cargar en ella hasta una heladera. Pero también los hay con camionetas modernas y utilitarios.

Alguno arremete con un bebé en brazos, a modo de escudo, tal vez la más extrema prueba de que no importa nada.

El hijo del dueño de un supermercado se atrinchera junto a un empleado, con una escopeta de caño recortado. Toda vez que se acerca alguna moto a robar, dispara al aire. El estampido aleja a los delincuentes. Así, jugando al filo, al límite, logra salvar su comercio.

Otros son defendidos por sus dueños junto a vecinos, que arriesgan su vida con tal de ayudarlos a repeler las hordas de vándalos. En medio de tanto mal que avasalla, brillan gestos de una bondad extrema, que es todo un signo de esperanza.

A eso de las 22 del domingo, la cuenta de negocios saqueados crece minuto a minuto. Uno, tres, cinco, diez, veinte, tal vez treinta y por qué no cuarenta. Al mediodía del lunes, la cuenta sigue creciendo y desde los barrios más alejados avanzan sobre el centro grupos de adolescentes vestidos con pantalones cortos, zapatillas sin cordones, el gorro con la visera hacia atrás…

Un muerto “oficial”. Dos “extraoficiales”, o tres, u ocho, o diez. A la par que abundan los saqueos y falta autoridad, escasea también la información y los rumores corren como reguero en las redes sociales.

Concordia acaba de experimentar la barbarie. Sin gobierno, ni leyes, ni razones. Sólo instintos salvajes. Las bandas de saqueadores parecen enajenadas, drogadas. Los comerciantes se apuran ellos mismos a vaciar sus locales antes que lo hagan los delincuentes.

En enormes bolsas cargan todo lo que apenas horas antes habían dispuesto prolijamente en las vidrieras, preparándose para las ventas de Navidad y Año Nuevo…. ¿Navidad? ¿Año Nuevo? ¿Las fiestas?… Parecen fantasías de un futuro que dejó de existir, devorado por un presente de horror.

¿Quiénes son los saqueadores?

¿De dónde salieron? ¿Cómo fue que empezó todo? ¿Acaso alcanza para explicar lo sucedido que la policía se auto acuarteló y la calle quedó sin vigilancia? ¿Asumimos como normal, lógico, que en ausencia de policías haya miles que avancen sobre los bienes ajenos? ¿Es suficiente la teoría conspirativa, la de los supuestos y nunca identificados instigadores políticos? ¿Tanto poder tienen?

El auto acuartelamiento y los instigadores, si existieron, jamás podrían alcanzar para explicar lo sucedido. Es como atribuir un tornado a una imperceptible brisa.

¿Cuáles son las causas profundas que dieron origen a semejante estallido? ¿Qué consecuencias traerá aparejado?

La reacción de muchos es tratar de sacarse de encima cualquier semejanza, cualquier parentesco, cualquier punto de contacto con los saqueadores. “Animales”, “hijos de puta”, “monstruos”, “salvajes”, son algunas de las definiciones usadas para levantar un muro: allá ellos, los inhumanos, los malos; acá nosotros, los humanos, los indignados por el mal que habita en los demás.

¿Pero acaso no son hijos de Concordia los saqueadores? ¿Acaso no hubo caminatas frente a sus viviendas para convencerlos de que votaran? ¿Acaso no han sido alumnos de esas escuelas con índices preocupantes de deserción y repitencia? ¿Acaso no están muchos de ellos, tal vez, entre los que jamás respetan las normas de tránsito, circulando con sus motos sin luz, sin patente, sin seguro, sin casco, a alta velocidad, pasando en rojo y hasta en contra mano, jugando a la ruleta rusa? ¿No forman parte de ese entramado social cada vez más afectado por las adicciones, las mil formas de violencia, la trata, la desestructuración de las familias, la denigración de vivir sin trabajo digno y a expensas de cuanto plan o subsidio aparezca? ¿Acaso no actuaron de forma parecida al modo en que suelen enfrentarse a tiros en las barriadas por lo que sea, un par de zapatilla, una botella de cerveza, algunas tizas de cocaína, el dominio del territorio?

Puede que haya pocos dispuestos a aceptar que los saqueadores son de la especie humana nomás, concordienses todos por añadidura, que no son extra terrestres, que ayer estaban acá, caminando estas calles y mañana seguirán estando. Cuesta hacerse cargo, asumir que algo ha fallado en la construcción comunitaria para que tantos sean capaces de actuar de este modo…

“No eran pobres porque no robaban comida ni tenían hambre y muchos andaban en autos, en camionetas, en motos”, se escucha decir. Es una reacción entendible, si creemos que pobres son los que sufren carencias materiales.

Pero, ¿qué hay de las formas nuevas de pobreza y exclusión? Apenas un mes atrás, el Pbro. Andrés Servín, autoridad moral indiscutida por su vida comprometida con los más postergados, definía lo que ve en la Concordia de hoy: “estamos en un momento de involución social donde la pobreza y la exclusión deterioran la vida de las personas”.

El Papa Francisco acaba de escribir en su Exhortación Apostólica: “No hablamos sólo de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino de que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común”.

Tal vez en Concordia casi no haya gente desesperada por conseguir alimentos. Pero seríamos muy necios si no reconociéramos sus miles de excluidos, su feroces desigualdades, que los sucesivos gobiernos sólo han sabido contener a fuerza de planes y han capitalizado electoralmente, pero sin remover sus causas profundas, estructurales. Y toda sociedad con graves desigualdades en su seno es un polvorín, sin paz duradera, por más despliegue policial, alarmas y cámaras de vigilancia instaladas hasta en los dormitorios.

¿De dónde salieron los policías disconformes?

Y los policías disconformes, ¿de dónde salieron? ¿También se explican por una conspiración o son de otro planeta, o son “loquitos” con licencia psiquiátrica como me insinuó un funcionario provincial? ¿Qué clase de conspirador logra de un momento para otro despojar del espíritu de obediencia a 400 uniformados? ¿Qué hay de sus salarios misérrimos? ¿Qué hay de las broncas acumuladas al comparar sus magros salarios con los abultados salarios de la Justicia o las mansiones de los gobernantes? ¿Qué hay de los petitorios que habían presentado varios días antes y nadie desde el gobierno les habría respondido? “Cuando los de arriba pierden la vergüenza, los de abajo pierden el respeto”, interpretó un líder opositor a Urribarri, creyendo encontrar en esta frase una llave para explicar tanto el acuartelamiento como los saqueos.

El desgobierno

Mientras en la ciudad crece el despliegue de efectivos de Gendarmería, Prefectura y la Policía Rural, funcionarios del gobierno se aglutinan en la sede de CAFESG, donde el gobernador Sergio Urribarri y el Intendente Gustavo Bordet supuestamente “conducen” la crisis. Pero los rostros desencajados parecieran indicar lo contrario: que la crisis los conduce a ellos. Han perdido la línea, esa pose de políticos exitosos, ganadores, orgullosos de protagonizar el “sueño entrerriano”. No han dormido en toda la noche.

Se arriman a este periodista para “chamuyarle” la letra, el relato. “No creo en los incendios sociales espontáneos”, me dice uno, con voz grave y hablando por lo bajo, secreteando, como en un velorio. Está tratando de convencerme de que hay conspiración. Tal vez tengas razón, pero ¿qué condiciones han permitido que el conspirador tuviera tamaño “éxito”?, le pregunto. Reconoce que hay desigualdades, de esas que el proyecto nacional y popular ha venido corrigiendo pero todavía falta “seguir haciendo”. Pero no suena muy convencido.

Derecho a la esperanza

¿Es posible esperanzarnos con que esta grave crisis que vive Concordia, Entre Ríos y el país, dará paso a un cambio positivo? ¿Menos soberbia, menos corrupción, menos despilfarro, menos indiferencia, menos individualismo egoísta, mayor compromiso por construir verdaderas comunidades justas en vez de ciudades fragmentadas por muros de marginación?

Es el pedido de Francisco: ” ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos”. (Fuente: El Entre Ríos)

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