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Cuando preguntaba e insistía, la respuesta siempre era el silencio, así que de ahí en más acató el tabú. La licenciada Silvia Huber, secretaria de la Asociación de Descendientes de Alemanes del Volga de Paraná, cuenta su propia historia familiar, con ancestros descendientes de esa etnia, en cuyo seno de determinadas cuestiones no se hablaba. Sobre algunas, por desconocimiento, y en otros casos por temor al desprecio social.

Pueblo simple y pulcro

—¿Dónde naciste?

—En General Ramírez, el 13 de febrero de 1961, en el hospital público Nuestra Señora de Luján. Éramos seis hermanos.

—¿Hasta cuándo viviste allí?

—Hasta los 17, cuando completé la Secundaria, fui a Rosario a estudiar Comunicación, y en eso se abrió la carrera de Ciencias de la Información en Paraná.

—¿Cómo era el pueblo en tu infancia?

—Vivía dentro del casco urbano pero no en la zona más favorecida, aunque cuando tenía 8 años llegó el asfalto. Había un molino al costado de la vía, por donde se sacaba la producción. Era pujante y con mucha presencia de familias alemanas; había una gran avenida arbolada y con muchas flores, además de otra en torno a las cuales estaba la escuela, la comisaría, la Municipalidad, el sanatorio evangélico y la iglesia católica.

—¿Cuál te resultaba más simbólico?

—El instituto donde me recibí en la secundaria, la Municipalidad, donde me dieron una beca para poder estudiar en el instituto, y la iglesia evangélica. En tercer año devolví la beca porque conseguí trabajo en una imprenta, de Pototo Álvarez. También tenía el diario Pregón, en el cual trabajé y me terminé de casar con el lenguaje.

—¿Qué se veía al salir de tu casa?

—En mi primera infancia, pasar el tren, un paisaje hermoso, y luego cuando nos mudamos al centro, casas lindas.

—¿Se notaba la influencia alemana en lo urbanístico?

—No había un estilo alemán, solo la pulcritud de las casas simples, bien hechas, pulcramente pintadas y limpias, y con flores. El estilo alemán, después del paso por Rusia que duró 100 años, se perdió.

—¿A qué jugabas?

—¡Ah! Era una adicta a leer, y el resto del tiempo jugaba con los varones, a la cachada y en la Naturaleza, aunque no salíamos mucho a jugar. Lo hacíamos con nuestros hermanos y primos. El patio era un terreno enorme, al igual que el de la casa de mis abuelos.

—¿Había un límite del lugar que no podías trasponer?

—No trasponíamos muchos límites y sabíamos nuestro camino permitido. No recuerdo ningún riesgo salvo una persona a quien le decían “el brujo”, Pepe Antuna, quien era un poquito “tocado”. Una vez que estaba oscureciendo me asuste cuando al verlo venir, comencé a gritar (risas) y se escondió detrás de un árbol, asustado. Vino mi papá y “me salvó”.

—¿Conversaste con él alguna vez?

—Nunca. En cada pueblo hay un bestiario. También estaba Bartolo, que vendía diarios, y está El Pichirica, quien cazaba pajaritos, los hervía y comía con polenta. ¡Me horrorizaba! (risas) No era ni bueno ni malo, sino silvestre; el petiso Álvarez, también con una discapacidad, era vendedor de diarios y muy educado.

—¿Cómo accedías a los libros?

—A los 7 años me afilié a la biblioteca de la escuela porque en mi casa el único que había era La Biblia. Mi papá me daba unos pesitos para los caramelos, separaba un poco, ahorraba con la libreta y fue la primera estafa que sufrió mi generación, con lo que aprendí cómo había que defenderse.

—¿Influyentes?

—Muchísimos, de Hermann Hesse, El lobo estepario; Las sandalias del pescador, de Morris West… novelas… El primero que saqué de la biblioteca fue Ve ovejita, ven mesita, el cual me hizo llorar porque era sobre un niño que pasaba hambre y había un acto de magia. Después leí un montón de libros de los cuales no entendía absolutamente nada, como La vuelta al mundo en 80 días. Hasta que formé un criterio de lectura perdí mucho tiempo, porque nadie me guiaba.

—¿Sentías una vocación?

—Sí, desde los 13 años pensaba que me dedicaría a la comunicación. Cuando había fiestas en la Secundaria, hacía las grabaciones para la propaladora, armaba los afiches y los volantes… después trabajé en periodismo, salí al graduarme, y me dediqué a la comunicación publicitaria y política, que es lo que más me gusta. Habito el lenguaje y el lenguaje habita en mí.

—¿Qué materias te gustaban?

—Historia y Literatura; Inglés, nunca. También las materias de Derecho, fue una opción e incluso hice un par de años en la UNL (risas), pero las leyes no eran lo mío, y comenzaron a salirme opciones laborales lindas. Me apasiona manejar y crear con los textos, aunque fue difícil abrirme paso en la comunicación y la imagen, cuyo estudio profundicé.

Tradiciones y silencio

—¿Quiénes fueron los primeros Huber llegados a esa zona?

—Recientemente encontré el dato sobre el ingreso de mi abuelo, Christopher, y de mi abuela Amalia, quienes llegaron desde Rusia a Buenos Aires y luego fueron a Diamante, previa escala por el puerto de Bremen (Alemania). Se llamaban Hubert y nacieron en Sarátov, en la zona del Volga.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi papá, Alexander, trabajó en la construcción, mientras estuvo con nosotros.

—¿Dónde nació?

—Mi familia nació en Chilcas (Victoria).

—¿Mantuvieron costumbres propias de sus ancestros?

—Muchísimas. Mis abuelos se casaron con la música de los Henkel, así que acomodaron el horario del Registro Civil y del cura para que estuvieran disponibles los músicos. La gran tradición era lo religioso y las comidas: asado y pato al horno con papas, pirok ruso, pan casero y chorizo casero; yo ayudaba pero no soportaba cuando mataban al chancho, luego se incorporó el asado y las milanesas.

—¿Relatos de los abuelos?

—No contaban mucho porque fue muy traumática la separación de su tierra, fue un gran desgarro y no lo procesaron fácilmente. Mi abuela prácticamente no me quería hablar de sus abuelos.

—¿En tu casa se hablaba un dialecto?

—Sí. En su tiempo todavía no estaba unificada la lengua alemana en una sola lengua, eran muchos reinos y estados, y cada uno hablaba su dialecto. Los que salieron de Alemania para hacer la travesía hacia Rusia llevaron sus dialectos, mientras que recién en el siglo XX se articuló la lengua oficial alemana como síntesis de todos los dialectos. Es una lengua construida.

—¿Aprendiste el dialecto?

—Lo hablaba cuando era chica; ahora mi mamá lo habla y yo lo entiendo. Hoy estudio alemán y a medida que lo hago, me olvido del dialecto, porque tiene diferencias.

—¿No te generaba más interés el silencio de tus abuelos por su historia?

—Pregunté, insistí y me cortaron; el mandato fue de silencio y acaté ese tabú. Además, por esa época ser alemán era mala palabra y estábamos estigmatizados.

—¿Lo sentías?

—No pero mis padres y mis abuelos sí. Hubo dos cortes culturales: cuando abandonaron Rusia, en el caso de mi familia en la primera década del siglo XX, se cortó toda vinculación emocional, más allá de algunas cartas, y afectó profundamente la identidad, y luego acá, que implicaba desdecirse de ser alemanes, por la postguerra, la vergüenza y el estigma de ser tildados de nazis. El desprecio y la estigmatización borraron todo para decir que “nacemos de nuevo”, y “somos criollitos de ojos celestes” (risas). Por suerte no tengo ojos celestes pero todos a mi alrededor sí. En 1978 hubo una revisión de todo esto gracias a Victor Popp y Nicolás Dening, quienes escribieron un libro. No querían seguir siendo “rusos de mierda”, comenzaron a viajar, conseguir datos, recuperar la memoria y dijeron “somos más que rusos que bajamos de un barco. No somos nazis, no somos rusos, ¿entonces, qué somos?” Comenzaron a fundarse las asociaciones de descendientes de alemanes del Volga, pasaron 40 años y hoy tenemos una nueva escala en la búsqueda de la identidad. Hay un relanzamiento de las asociaciones para preguntarnos quién es la madre patria y a quién adoramos, un tema que está en lucha.

—¿Por qué “lucha”?

—Hay organizaciones importantes que dicen que todos somos alemanes, pero en alguna institución se sienten un poco menos porque estuvieron en Rusia. Se compraron lo de que “somos de los otros alemanes”, que a su vez tiene el afecto de lo dejado allá. Mi abuela, de lo poco que me contó, decía “allá en Rusia, en casa”, y describía los campos de lino.

La matanza de Stalin

—Aclaremos que en la Unión Soviética fue una república.

—Sí, pero a posteriori, luego de la Revolución Bolchevique, cuando comenzaron a organizarse para insertarse políticamente para sobrevivir. Pero mis antepasados, cuando salieron de Rusia, huyendo de las guerras en Alemania y buscando paz, obedecían al zar, eran alemanes trasladados a Rusia y súbditos de la corona, aunque nunca hubo un documento en el cual constara que eran rusos. El único documento que tienen en ese sentido es el pasaporte firmado a la salida de Rusia.

—¿Hasta cuándo existió la república?

—Hasta el 28 de agosto de 1941, cuando Stalin la disuelve y dice que en las comunidades alemanas del Volga se escondían espías nazis, que los pudo haber porque era parte de la guerra. Fue una muy buena excusa para quitar tierras y deportar. No quedó ningún alemán en el Volga; actualmente en esos territorios no hay ni taperas.

—¿Toda la población fue deportada?

—Fue un genocidio de 1.200.000 almas, subidos a trenes como ganado y transportados, con 30 grados bajo cero, a campos en Siberia, Kazajistán y a la frontera con China.

—¿En qué lapso?

—Desde 1941 a 1962. Cuando murió Stalin, el gobierno soviético emitió un decreto diciendo: “Los alemanes son inocentes y cometimos una injusticia”. Pero nunca los repatriaron a su república de origen ni los indemnizaron.

—¿Sobrevivientes?

—Doscientos mil, desperdigados en esos lugares y que dejaron de existir como nación con una base territorial.

—¿Hay relación familiar tuya con este proceso?

—No… en realidad no lo sabemos… porque el contacto se perdió, lo cual fue un gran sufrimiento. Mis antepasados llegaron en 1909, quedaron familiares pero se desvincularon y a lo largo de diez o quince años nadie sabía nada del otro. En 1941 los abuelos habían muerto y los tíos estaban dispersos. Los que mataron en Rusia eran de los nuestros pero no sabemos nada. Es algo que ahora que soy coach interpreto como las marcas emocionales y generacionales en nuestra historia familiar y colectiva.

—¿Cuándo fue la primera referencia que tuviste sobre este hecho histórico?

—Formalmente, recién ahora. Con la caída del Muro de Berlín comenzó a saberse. Mis padres sabían algo porque hablaban, temblorosamente, de “Siberia” y de que “hacía mucho frío”. Pero sin precisión sobre qué había pasado. Sólo eran algunos dichos y el desgarro de no saber qué, quién ni cómo, pero sí que son los tuyos.

—¿Te quedó la inquietud cuando escuchaste lo de “Siberia”?

—No, era muy niña; sabía que era una marca histórica pero no nos pasaba por el cuerpo, hasta que se comenzó a explorar y escribir. Ahora, a través de la Federación Argentina de Asociaciones de Descendientes, se bajó línea para trabajar localmente la memoria, y especialmente la del genocidio, como elemento integrador y que nos marcó tremendamente.

—¿Fue un acuerdo entre Alemania y la Unión Soviética?

—Sí, en la década de 1990 se estableció una repatriación de 200.000 descendientes y sobrevivientes, alguno de los cuales conocí. Pero aún hoy no quieren hablar sobre las matanzas, seguramente porque no han podido procesar su propia historia. Cuando hicimos recientemente el primer acto de homenaje hubo mucha emotividad y la gente lloraba. Estamos en una construcción de identidad, más allá de nuestra cultura argentina. La cultura alemana es un ingrediente más de esta etnia, pero hay una lucha porque no todos quieren prescindir de la travesía rusa.

—¿Hay alguna demanda contra la Federación de Rusia?

—Que sepa, no. Con esa repatriación fue un cierre y nunca fueron indemnizados.

Huber pone en valor la disciplina del coaching y resalta cómo operó en el proceso de revisión de su identidad como descendiente de los alemanes del Volga.

—¿Por qué dijiste que el coaching te ayudó a darle otra significación a la cuestión familiar y colectiva del pueblo de tus ancestros?

—Al coaching se la considera la profesión del siglo XXI y es una llave que abre los lugares ocultos del alma, trabajando con el lenguaje, a través de entrevistas, para rastrear los espacios donde se anclan memorias, cosas pendientes, sufrimientos e historias, y que puedan ser desanudadas y liberadas. Empodera y ayuda a encontrar tu mejor versión. Me dio la mirada de incluir al otro y poder hacerlo desde afuera, como si fuera un tablero. Los viejos que llegaron y que de la nada hicieron riqueza tenían una visión, y nosotros, como nuevos líderes y colectividad alemana, tenemos que aportar para formar a Paraná y las aldeas como un polo de cultura alemana, insertada en la cultural nacional.

—¿Hubo una experiencia o autor que te resultó revelador en la formación como coach?

—Mi propio maestro, Diego Martín Lo Destro, quien me quebró el ego en pedazos.

—¿También reformulaste la teoría de la comunicación?

—¡Ah, qué tema! Lo más increíble es el factor emocional e íntimo en la comunicación, que si bien me formé en el Análisis del Discurso fue sólo una entradita al tema. Mi visión como coach es que no hay otra manera de plantarse frente al otro que no sea desde la emoción. La comunicación es emoción y más del 90 por ciento de ella es no verbal. Si no te incluyo desde tu emoción, no me podés escuchar; cuando logro la empatía, recién se baja la barrera y me permitís entrar. En el lenguaje están todas las emociones inscriptas del sujeto. El voto, igualmente, es una decisión intrínsecamente emocional. Todo esto es nuevo y está en construcción.

—¿Qué significa para vos ser descendiente de alemanes del Volga?

—Nada, porque no me atraviesa lo ruso ni lo del Volga, pero de alemanes, sí. Me emociona volver a ser parte de las consideraciones del gobierno alemán para los expatriados y tener un lazo más cercano con la embajada. Hay un gran interés de organizaciones alemanas por los poblados, ciudadanos y aldeas con descendientes de alemanes, porque se dieron cuenta que son las etnias que conservan más puras la lengua y costumbres. Alemania está invadida porque todos quieren vivir allí, entonces “colonizan afuera” y apoyan a quienes trabajen por la multiculturalidad, la defensa ambiental, e interesados en la cultura alemana contemporánea, prescindiendo de que hablen o no alemán. Sobre esto venimos trabajando en nuestra asociación con los adolescentes y jóvenes, para formar líderes que piensen globalmente.

Fuente: UNO Entre Ríos 

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